lunes, 30 de enero de 2012

Entrevista a Juan Marsé

No le gusta hablar de sí mismo y menos aún de la faena, o sea, sus libros. Y es curioso porque no hay forma de arrancarle una opinión más allá de su mismidad. Habla de Juan Marsé y lo hace de maravilla, como un cuento más.

Juan Marsé es un hacedor de primorosas novelas donde no se nota la escritura, que se leen como a él le gusta, sin que pese el esfuerzo de la lectura hasta que al final una piensa: ¡ah!, diablos, qué bien ha estado esto. Habla como escribe y escribe como habla. Sucede que, a veces, se le cuela la voz de niño: una memoria que lleva el escritor a flor de piel. Algo que le ha ocurrido en esta última, Rabos de lagartija (Ed. Areté).

Reportaje

Vaya una brevísima biografía. Juan Marsé Carbo, Barcelona, 1933, huérfano de madre, fallecida en el alumbramiento, e hijo de Juan Faneca, taxista, a quien sólo vio dos veces en su vida. Adoptado por una familia payesa y residente en el barrio barcelonés de Gracia. A los 13 años, acuciada la familia por su subsistencia, perseguido el cabeza de familia por su militancia en la izquierda catalanista, abandona el chico los estudios y comienza a trabajar en un taller de joyería. Es por entonces cuando, fascinado con la lectura de los pocos libros que le eran posibles, escribe un manuscrito imitando Las nieves del Kilimanjaro, de Hemingway. A la tercera novela que publica (Últimas tardes con Teresa, premio Biblioteca Breve) se da cuenta de que es escritor. Así sigue hasta hoy: diez novelas. Está casado, tiene dos hijos, una gata, un perro, cuatro gallinas y un huerto en Calafell.

En Calafell ya no queda nada de lo que era Calafell: lugar de encuentro de una generación de escritores importante, la del 50, que tampoco están, porque a la mayoría les tocó irse. Nada queda aparte de la casa matriz de Carlos Barrall, que pronto será museo, y su mesa de trabajo, que Juan Marsé ha encaramado a su mirador-estudio. Un espacio abierto a toda la casa, cargado de luz, frente a la vía de tren, frente al mar, frente a la playa de los turistas. Es su estudio, un espacio ligero, de orden pulcrísimo, recuerdos de cine y viejos juguetes de niño. Marsé se fotografía con la gata Lolita y el perro labrador Simón, pero con las gallinas, no; no quiere. También posa ufano frente a los árboles, orgullosísimo de sus botones de pera, diminutos, "¿los ves, los ves?". Aprendió las cosas del campo de sus abuelos campesinos, en la montaña de Tarragona. Y pensar que hemos venido a importunarlo, a romperle esta paz haciéndole hablar de sí mismo... "Para mí es muy difícil hablar de mí mismo, porque no manejo teorías sobre la faena y enseguida se me nota: este tío no sabe más que cuatro cosas". Por si no quedase claro, remata con la teoría recurrente del artista plástico: "Ahí están los libros para ser leídos". Libros como cuadros. Se nos ocurrió entonces la idea de pedirle que probara a entrevistarse a sí mismo, para simplificar el trámite, que para eso habíamos viajado hasta allí en un día de verano a destiempo, la camisa pegada a la espalda, y que además no estábamos para despilfarrar gastos, pero resulta que alguien se nos había adelantado con la idea una semana antes. A ver, y diga, por dónde, por dónde arrancaría usted. Y él: "pues ya lo he hecho, y mira, empecé por equivocarme, un error frente a mí mismo. Llego a entrevistarme y me creo que voy a entrevistar a Ana Rosa Quintana". Y no es que tenga nada contra ella, que ni siquiera la conoce (se disculpa), es sólo que le parece una chica tan famosa...


"Trato con muy pocos intelectuales: Félix de Azúa, Fernando Savater, Eugenio TrÍas..., señores que opinan sobre moral, polÍtica o educación. Tienen ideas claras, yo tengo dudas. Distingo entre narradores e intelectuales, y otros que sólo escriben cháchara y retórica, como Cela"

Así que improvisamos un nuevo arranque, no fuéramos a repetirnos. Qué le parecería al escritor que la gente hablara de su Rabos, ¿has leído ya Rabos, la última de Marsé?, y en este plan: "Pues yo espero que se comprenda que son de lagartija, porque podría ser un título pornográfico; teniendo en cuenta además que yo pertenezco al jurado de La sonrisa vertical... No, no es una novela pornográfica". Pero, pero, pero, ¿es que no hay ni una referencia al sexo confuso del protagonista? "¡Huy!, ni lo había pensado, en absoluto. La cosa es que iba a llamarse Voces en el barranco, pero me parecía altisonante, como de novela gótica. Entonces se me ocurrió hace poco éste otro, que remite a un juego de infancia que todo el mundo sabe lo que es: cazar lagartijas, torturarlas y cortarles el rabo. También remite a la época de la posguerra y a una forma de supervivencia. Tiene muchas resonancias. Yo no sé las chicas, que no érais nada crueles, pero a mí me sugiere aquel movimiento retorcido, esa especie de retazos de vida cortados que todavía se mueven". Si hemos de dar crédito a un autorretrato que el escritor publicó en 1987, dentro de una fabulosa serie de daguerrotipos que se tituló Señoras y señores, el mismo Juan Marsé o Juan Faneca se habría confundido de sexo al nacer: tal vez le hubiera gustado ser mujer. "No precisé el sexo, sólo dije que al nacer me equivoqué de país, de época, de ofico y, probablemente, de sexo. Y..., no sé, pues si no hay otro, sí. Me quedo con el de mujer".

Presenta el protagonista de esta décima novela de Marsé un fenómeno auditivo que le permite hablar sin problemas con los muertos, con los no nacidos, con personajes que a lo mejor ni existieron... Y que bien podría ser metáfora de la conciencia, o de la sensibilidad al menos. "Yo mismo lo padezco". ¡¿Eh?! ... "Sí, son acúfenos, una enfermedad del oído que no tiene cura conocida. Es un problema circulatorio, una vena obstruida que produce un silbidito. Depende de la intensidad, pero puede llevarte a la desesperación: ha habido casos de suicidio", advierte. "El niño protagonista está acostumbrado a estos ruidos, y entre ellos se le meten voces: porque es verdad que hay veces que llegas a creerte que oyes voces. Y es cierto que éste es un niño que creció muy deprisa, y que tiene una imaginación y unas cualidades de adulto".

Ya empezamos. Marsé y sus colegas de la quinta del 50 solían decir, se ha publicado hasta la saciedad, que, ahí va la frase, "la vida no es como la esperábamos". Cabe preguntarse, lógicamente, ¿qué esperaban estos señores y señoras de la vida? "Pues mujer, uno espera lo mejor, normal: ser alto y guapo y tener una mujer maravillosa, triunfar, buscar el aplauso..., hasta que descubres, como dijo el poeta, que la vida iba en serio, que el único argumento era envejecer y morir. No me voy a poner tonto, pero ya puedes imaginarte lo que se espera de la vida". Pues no veo por qué a usted le ha defraudado tanto, me atrevo a observar. "Yo nunca he esperado nada especial, pero la noción de éxito y fracaso es muy personal. Yo creo que, desde el punto de vista de la felicidad, el ser humano fracasa. Hay un poema de Borges en el que dice que no ha cumplido el deseo de sus padres, que le engendraron para ser feliz. Pues es eso. Ahora, muchos andan por ahí diciendo que son plenamente felices, y lo serán: suelen ser los más tontitos. La felicidad está en relación inversa con la lucidez y la inteligencia. Si uno tiene un poco de sentido común y echa una ojeada al mundo, difícilmente puede ser feliz. Pero todos nos vamos apañando: hoy un ratito bueno, otro mañana, uno escribe un libro que gusta...".

-Tiene dicho Juan Marsé sobre Juan Marsé que su primera vocación es la de ser feliz. ¿Así transcurre la gloria de su vida?

-Si el hombre ha nacido para algo es para ser feliz, si no, no lo entiendo.

-¿Usted entiende para qué ha nacido?

-Pues no, todavía me lo estoy preguntando, tal vez escribo por eso. De momento, como no me gusta cómo es el mundo, doy mis versiones escribiendo. Una de las razones del escritor es reinventarse el mundo continuamente, modificarlo. Yo, cuando hablo de felicidad, no hablo de éxito personal, de esos grandes triunfadores que diariamente vemos en la prensa. Hablo de una armonía que debería existir entre uno y sus semejantes e incluso en sus relaciones consigo mismo.

Y así llegamos a la corrupción de los sueños, asunto siempre presente en su literatura y, cómo no, presente en estos Rabos de... Tal vez el mismísimo motivo que le ha hecho olvidar toda beligerancia, le cuestiono. El escritor se explica: "La juventud, y no es que nosotros fuéramos distinguidos ni representativos de nada, es la época de las ilusiones, que con el tiempo se frustran, en su mayoría. Pero, ¿qué me preguntabas?"

-Por el abandono de toda beligerancia, su negativa a opinar sobre el estado de las cosas, siendo usted lo que fue.

-¿Me estás hablando de política?

-Le estoy hablando de la vida.

-Como decía Stephane Dedalus en Retrato del artista adolescente, "me estás hablando de política, me estás hablando de lengua, de religión. Éstas son las redes de las que debo tratar de escapar". No me vas a pillar.

Mira, cuando uno se apuntaba al partido en aquella época, sí, lo hacía con la ilusión de cambiar el mundo, son cosas maravillosas de la juventud, aunque luego te des cuenta de que no va a ser así e incluso de que te has podido equivocar en la elección de una ideología determinada. (Inspira aire por la nariz, en un gesto de: me estoy metiendo donde no quiero. Y concluye). Con el tiempo uno se vuelve receloso frente a toda ideología, por lo menos ése es mi caso.

Marsé siempre dice, o al menos antes decía, que nunca devolvió el carné del partido (PC), que simplemente le dejaron caer del cartel. ¿Él o la izquierda en bloque se ha dejado caer del cartel? "Bueno, a juzgar por lo que ha pasado en este país, sí. Uno tiene esa impresión. Pero yo sigo manteniendo mis ideas de izquierdas, lo cual no quiere decir que hoy me apuntaría o apoyaría a según qué partido supuestamente de izquierdas. Me queda más bien un sentimiento: mis ideas son de izquierdas, pero no he encontrado quién me las represente. Yo nunca me he dedicado a la política, me apunté al partido en París porque allí estaban todos mis amigos, era lógico, y también estaba mezclado con cuestiones frívolas: a las reuniones de Semprún asistían unas chicas francesas que me gustaban mucho".

Pelillos a la mar. Intento que se pronuncie sobre la derechización global que está sucediendo, pero, como decía, a Marsé, reacio a hablar de sí mismo, no hay quien le arranque hoy de su mismidad, y menos pidiéndole argumentos comprometidos: "No te voy a seguir por ese camino, no me interesa la política".

-¿Dónde están los intelectuales?

-No lo sé, yo soy simplemente un narrador. Y sí, tengo una mirada atenta a la realidad, pero no pretendo demostrar teorías.

-No le preguntaba si usted era o no un intelectual, sino qué es un intelectual, a qué se dedica.

-¡Ah!, pues no lo sé, trato con muy pocos intelectuales: Félix de Azúa, Fernando Savater, Eugenio Trías..., señores que opinan sobre moral, política, educación... Tienen ideas claras, yo más bien tengo dudas. Distingo entre narradores e intelectuales, y otros que ni son narradores ni intelectuales, que sólo escriben pura cháchara y retórica, como Cela, que es un plúmbeo.

-¿Intelectual es una persona con opinión?

-Conozco a muchos analfabetos que también la tienen, gente con mucho sentido común que para mí son más intelectuales que otros.

-Marsé, ¿qué compromisos le quedan?

-El único compromiso que tengo es con mi trabajo, y un determinado comportamiento ético con la gente.

Guarda el escritor en su dietario personal una receta magistral que es la combinación equilibrada de conciencia y escalibada, al 50 por cien. Escalibada: "Berenjenas, pimientos, cebolla y tomates asados: un plato que me enseñó mi padre cuando yo era muy pequeño". Escalibada: ¿metáfora del placer? "Mi padre tuvo una vida muy activa en la Guerra Civil y la posguerra, siempre como perdedor, y a pesar de eso defendía siempre la concienciación y la escalibada. La escalibada es lo que le salvó: tenía un lado lúdico, le gustaba mucho vivir, comer bien, beber, y eso viene a representar la escalibada, el gusto por vivir, los placeres cotidianos".


"Me gustan las novelas de lenguaje invisible, que no incordie. No soy un estilista. No estoy preparado para bajar al infierno porque ahora resulta que no hay infierno. Ni eso, ni nada, lo ha dicho el papa: no sé a dónde iremos. Habrá que ir al cielo con todos los gilipollas"

Permítanos el lector que volvamos por un rato al útero, al útero de la madre estupenda del narrador non nato, un feto huérfano ya. Y dice de él el protagonista: "Éste será artista, porque se pasará la vida imaginando a su padre". Vaya casualidad, quizás estemos hablando del mismísimo Juan Marsé, que ya en novelas anteriores recurrió a la ausencia paterna. "Es un elogio a la imaginación, que a veces para un artista es más importante que la realidad. No es más que esto. Yo he tenido padre, aunque fuera adoptivo y aunque estuviera ausente largos períodos, que pasaba en la cárcel. Bueno, en tal caso podría referirme al padre biológico, que sólo lo vi dos veces en la vida. Aparentemente hay mucho componente autobiográfico en la novela, pero no, es todo muy inventado, aunque reposa sobre varios pilares reales". Pero es que resulta que también la madre, también, muere al parir, de eclampsia, como la mismísima madre del mismísimo escritor. Vamos a ver, ¿no será el escritor ese niño que nace prematuro, cianótico y diminuto? "Bueno, no me consta que yo naciera prematuro, aunque sí, mi madre murió de lo mismo, de eclampsia, unos días después del parto. Pero que yo sepa, nací normal. Tal y como se me organizó la novela, el asunto no venía de ahí, aunque luego sí hay una mujer que muere al dar a luz y que casualmente es mi caso. La novela parte de la imagen de mi madre hablando con un policía en la puerta de casa, en la época en que mi padre tuvo problemas y anduvo escondiéndose en casas de parientes". Ausencia de la madre, por fin en novela, que cualquiera imagina más grave aún que la ausencia paterna. "Supongo que sí, que será más traumática, sobre todo en los primeros años. Después el padre va adquiriendo más influencia. Pero yo no lo he vivido porque mi madre adoptiva estuvo siempre conmigo", zanja. Entonces vino lo de la lectura y, no se sabe cómo, el niño Marsé aprendió a leer bien. "En mi casa había muy pocos libros porque la mayoría eran en catalán y hubo que desprenderse de ellos. Recuerdo que teníamos El libro de la selva, Genoveva de Brabante, el primer Sherlock Holmes y un par de Tarzán. Luego recuerdo que me acercaba a los quioscos e iba a las librerías de viejo a cambiar, y de ahí pasé ya a la novela del XIX".

Y todo por iniciativa propia, "porque en el colegio, El Divino Maestro, pasábamos con el rosario todo el día y el maestro no hablaba de literatura más que para decirnos que leer Corazón era pecado mortal". De ahí directamente al gusto por contar historias. "El paso a ponerme a escribir lo hice de la mano de Hemingway. Leí Las nieves del Kilimanjaro y aquel primer párrafo, con una descripción tan sencilla, transmite un misterio tal que me fascinó. Lo primero que escribí fue una imitación de eso: busqué una cumbre, una montaña pelada que estaba ahí, junto al parque Güell, y escribí. Debía de tener 12 años, así empecé".

No se creyó el oficio hasta tener publicada y premiada la tercera novela, Últimas tardes con Teresa. Otra cosa hubiera sucedido de ser ahora, en estos tiempos pródigos en profesionalidad, que nada cuesta colocarse en el pecho el membrete: escritor. "Así es, hay escritores que han publicado el primer libro y van muy seguros sobre sí mismos. Es admirable, pero peligroso. Yo sólo puedo hablar de mi caso: escribí la primera (Encerrados con un solo juguete, 1961) y pensé que no era tan difícil, pero de eso a ser un escritor y encima poderse ganar la vida... Yo nunca estuve dispuesto a perder el tiempo y zascandilear, la vida bohemia y esas zarandajas no iban conmigo. Yo tenía que llevar el dinero a casa, lo aprendí desde que empecé a trabajar a los 13 años, no pude estudiar ni siquiera el bachillerato, así que estaba acorazado".

Entre el tropel de vocaciones que Juan Marsé dice haber sentido, resulta singular su atracción por el circo: "Sí, payaso de circo es una de las cosas que me hubiera gustado ser. Y también pianista: hubo un tiempo en que la idea de ser músico era más seria que la de escribir, y estudié, pero tuve que dejarlo por falta de dinero". ¿Y qué le quedó del payaso, qué?, ¿no le vendrá tal vez de ahí la ironía? Esta novela, que tantos críticos contumaces han visto como la más pesimista de toda la literatura del narrador del Guinardó, revienta de humor e ironía, que la salvan. "Es verdad, hay fantasmas divertidos, y me alegra que lo veas así porque sí hay quien ha dicho que ésta es la novela más desesperada de todas las que he escrito. Yo creo que sí, que tiene mucho humor".

Persiste el realismo de Juan Marsé en Rabos de..., pero esta vez en un estadio más allá, lleno de fantasía. Una apuesta a que se ha divertido más que de costumbre escribiéndola. "Pues no, como siempre: hay ratos buenos y otros casi de obligación". Apuesta perdida. "El libro es siempre un fracaso respecto a lo que pretendía. A veces el fracaso es muy grande; en este caso, un pequeñísimo fracaso, estoy muy contento, pero me ha costado mucho, más de cuatro años".

-¿Y lo de la fantasía?

-Lógico, primero porque está contado desde un narrador de cinco meses encerrado en el útero materno, entonces hay que ir engañando al lector para que se lo crea. La literatura es un asunto de trampas y mentiras, y yo con tal de llevar al lector hasta la última página soy capaz de todas las añagazas. Encima, muchos personajes son fantasmas. Me di cuenta de que la única manera de que el lector me siguiera era, primero, transmitir mucho realismo en los diálogos, aunque a veces muevan a risa, y luego ya introduces la fantasía, situaciones inventadas que podrían parecer inverosímiles".

Tiene Juan Marsé, el mismo de los fenómenos acúfenos, un registro de voces en su memoria que es grande y versátil y que, rápidamente, le tienta a uno a preguntarse dónde pondrá el oído ése medio mágico que Dios le dio, imaginándolo ya en el barranco (Voces en el...) escuchando a los adolencentes, por ejemplo. "Tengo mis recuerdos, son muy de mi época: fermi (formidable), aventi (aventura), peli... Me gusta rescatar estas cosas de la memoria, la infancia fue muy importante para mí". Tan viva está la memoria en sus páginas escritas que resulta lenguaje de hoy mismo, de nuevo engaña el escritor. "Es que yo no tengo esa preocupación esteticista por el lenguaje, me gustan las novelas de lenguaje invisible, que no incordie, que no se imponga sobre lo que cuento: no soy un estilista. A mí me cuesta mucho escribir, lo cuido mucho, pero no para deslumbrar, porque entonces no me entero de lo que se escribe. Me gustan los libros que leo sin darme cuenta y cuando termino digo, diablos, esto está maravillosamente escrito, hasta el punto de que no me he dado cuenta de que leía".

-¿Cada vez más preparado para bajar al infierno?

-No, es que ahora resulta que no hay infierno, ni eso, nada, lo ha dicho el Papa: no sé a dónde iremos. Habrá que ir al cielo con todos los gilipollas.


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